Ajustar el alma, el último valor diferencial

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Violines artesanales

En uno de mis viajes visité a un lutier de violines en la ciudad italiana de Bologna para hacerle una entrevista. Tenía muchas ganas de conocer a uno que se dedicase a ello, pues este tipo de artesanía me cautiva. Pregunta tras pregunta el lutier Stefanini, que lleva más de treinta y cinco años dedicándose a este noble oficio, tras aprenderlo en un curso de cinco años de su maestro, me iba mostrando en qué consiste su negocio.

Stefanini, que, con su larga cabellera blanca y rostro bonachón remarcado por las gafas, apenas aparenta unos cincuenta años, me iba contestando a todas las cuestiones en un inglés con un dulce acento italiano, con la tranquilidad que dan los años de trabajo bien hecho.

Al final de la entrevista le hice una pregunta acerca del futuro de su oficio, tema que me preocupa por la desaparición de los artesanos.

El luthier Bruno Stefanini

«¿Qué diferencia un violín tuyo, hecho a mano, de uno fabricado en China?», le espeté lleno de dudas.

Y ahí Stefanini esbozó una sonrisa y me respondió: «En China usan la misma madera que yo, usan el mismo proceso que yo, usan el mismo barniz que yo, pero yo puedo ajustar el alma del violín, y ellos no».

Me quedé con la boca abierta.

Era la mejor lección de mercadotecnia que nunca escuché y un claro ejemplo de la soberbia italiana bien entendida.

Ajustar el alma.

No le valía con un proceso milenario transmitido de maestro a alumno, de una técnica única que solo conocen en Bologna o de haberse creado una fama entre los mejores violinistas. Eso es para aprendices. Los maestros, o mejor dicho los lutieres italianos, ajustan el alma.

Viendo mi cara de asombro, me explicó qué era el alma.

Resulta que el alma es una pequeña pieza de madera que une las dos tapas del instrumento y, según cómo se coloque, hace que el violín suene de una forma u otra. Stefanini, con todo su buen hacer, crea violines que se ajustan exactamente a lo que el violinista quiere transmitir, y para eso es imprescindible ajustar el alma tras haber escuchado cómo toca el cliente.

En un mundo ultratecnificado, donde la fabricación de objetos, la creación artística y los servicios ofrecidos son abrumadores, cualidades como ajustar el alma se está convirtiendo en una de las habilidades más importantes para el futuro laboral, pues es un valor añadido muy difícil de replicar que va a tardar muchas décadas en ser hecho por máquinas y que requiere de unas capacidades interpersonales que solo tenemos los humanos.

(Este es un extracto de mi libro «Un manual de vida para el siglo XXI«)

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